9 oct 2009

Violencia en el reino animal

Dentro del gran espectro morfológico que nos muestra la naturaleza, huelgan ejemplos de especies del reino animal que comparten con nosotros, los seres humanos, uno de los instintos más carnales de la creación: el instinto de la dominación mundial.

Harto conocidos son los casos de los palomos Dunton que querían dominar el tráfico de maíz en la plaza 25 de mayo, o del "Cachorro" Fumonni que salia con su pandilla a ladrarle a los vagos de la ciudad en las madrugadas de agosto; y tantos otros megalomanos psicópatas, como el gato Moretonne y el mono Vilela.

El problema surge cuando corren peligro sus supremacías debido a un nuevo individuo que amenaza destronarlo. Eso puede llegar a ser bastante peligroso para otros seres vivos en las cercanías. Veremos, aqui y ahora, en Zapallo Mutante, una serie de videos capturados por verdaderos héroes de periodismo independiente, en pos de colaborar con el conocimiento general.

La ardilla Salvatore contra un vengador anónimo:



Video capturado en una plaza en Arcanzas, Boston. Aparentemente, la tal Salvatore cobraba peaje para subir a los árboles, manteniendo un gran monopolio de mentiras y vicio.

El gato Barbietti intenta ser destronado por la gata Pitina



Los hermanos Pocho, Pipo y Baxter Cogolhi en una disputa por la supremacía

5 oct 2009

Teoría de las múltiples infancias




Aviso: Puede suceder que ni el más ávido lector pueda llegar a entender las líneas que suceden, pero se les recuerda que tampoco pudo hacerlo el autor de las mismas.

Cierta noche de frescas con la muchachada llegó a mis oídos, mezclada en un torrente de palabras locas e incoherentes, la frase “vos no tuviste infancia”, dirigida hacia algún delirante parroquiano amigo que habrá estado perpetrando alguna macana pueril.

Dicha frase encendió los motores de mi imaginación y tiempo después llegué a formular una teoría que me pareció bastante interesante:

“Existen dos tipos de infancias que puede adoptar el ser hombre: la infancia sana y la infancia malsana. La sana constituye las acciones típicas de un niño como ser jugar, ensuciarse, ir a la escuela, etc., mientras que la malsana son las denominadas macanas, chascos, bromas, contravenciones, etc.

“Ambas coexisten en la vida del individuo, particularmente en el período comprendido entre el sexto mes y los doce años máximo. Cada una de estas constituye una serie de conflictos presentados al infante en forma de juegos y/o actividades. Las acciones y actitudes que uno va adoptando en este período constituyen luego una base sustentable de desarrollo moral y social, formando lo que se conoce como experiencia o preconceptos. La irresolución de alguno de estos conflictos, en alguna de las dos infancias podría conllevar al sujeto a experimentar una regresión severa para contrarrestar el déficit en dicha infancia.”

En pocas palabras, quiero decir que si cuando éramos pendejos no le metimos un petardo encendido a un sapo en la boca, de grandes probablemente tenderíamos a hacerlo, para satisfacer a la infancia malsana que nos grita desde adentro: “Dale pillín, que no pasa nada.”

De la misma manera, si de jóvenes no jugamos lo suficiente a la escondida, podría darse que llegando a la edad adulta, nos encontremos con una parva de otros irresueltos como nosotros en una partida de escondidas en alguna plaza urbana.

Cosa rara puede pasar en casos particulares como por ejemplo en juegos violentos como “la peleadita”, que perfectamente puede pertenecer a ambas infancias, por ser un juego, y por ser un modo de agresión. Así es como varios terminamos midiéndonos en combates amistosos con nuestros correligionarios, también en una plaza.


29 sept 2009

Atención borrachines: Poema a mi colon


El siguiente es un poema que escribimos con mis primos el Pablo "jeringa" y el Mariano "turbina" Tissembaum, tirados en un colchón viejo, panza abajo, con las piernas oscilando cual adolescente enamorada, a la luz de una vela hecha de cera roja que daba al ambiente un toque de pasión y lujuria (nota: no practicamos el coito, somos primos por el amor de Obi-wan!).

Poema a mi colon

Nunca supe mucho de amores,
pero si se que sufri con Dolores.
oh si que era feliz,
casi tanto como un jabali
pero no me atreveria a decir que si
por que ellos, ellos son como los chanchos
pero no comen garbanzos.
Garbanzos, garbanzos,
son un tipo de maiz
que con huevos de codorniz
se mandaba unas sopas
unas sopas a la emperatriz
Dolores, la hermana de Beatriz
que le decian la minipimer
por que era marca brown
escuchaba james brown,
gustaba del soul,
como a ringo y a paul,
pero en verdad se lo decían
por la forma en que meneaba
sus cachas al practicar
el coito a lo bestia
como la dulce Dolores
su prima, mi amada
con la que sufrí mil amores
con la que crié la papada
con las sopas a la emperatriz
y con esos pestos
y esos vitel tone
y yo nunca supe mucho de amores
pero vaya que comí con Dolores.

13 sept 2009

Oh!

Encontreme entonces yo pensando la otra vuelta en un estado increible con descubrimientos efimeros y fugaces, y realizé de la esencia de este blog del carajo las infinitas posibilidades de ser distinto que tiene.

Por ejemplo, ¿si no se llamara Zapallo Mutante, qué otro nombre loco podría tener?

Podría tranquilamente llamarse "Pelado Botón" o "Llevandole", quizás también algo así como "Pepito, el grillo canchero". Pero creo que no hubiesen sido los nombres correctos.

Me gusta Zapallo Mutante (momento de confesión... ahora es cuando el protagonista se confiesa y llora). Soy tan feliz cuando lo relleno de boludeces como esta. Que bello, que profundo.

7 sept 2009

Frank Zappa lloran los vientos

C'est increible



Feroces músicos tenía también el tipo, no?

3 sept 2009

Trovadores Punk

En estos últimos días locos de la vida me he topado por la calle con un sin número de cosas raras andando por ahí: tantos grupos y bandas urbanas que deambulan todos vestidos iguales o haciendo las mismas pelotudeces en alguna plaza o peatonal. Cada cosa rara ví, pero lo que realmente llamó a golpazos a las puertas de mi atención fue un pequeño grupo de muchachos punks que andaban por las calles con guitarras y mandolinas cantando y pregonando viejas historias de gloriosas empresas y de nobles caballeros que ajusticiaban bandoleros que hablaban por celular mientras galopaban por los caminos del reino.


Se hacen llamar los “trovadores punks”. Se los puede encontrar en las calles principal, caminando y cantando solos o en pequeños grupos. A veces se quedan durante un tiempo en algún lugar, donde se forman importantes aglomeraciones de peatones curiosos que se deleitan con su música, logrando así juntar unas monedas para el tinto o las frescas (según la ocasión). Se visten y se comportan como cualquier punk, toman como un punk, y juegan al backgammon como un punk; lo único que los diferencia de esta otra tribu es su afición por la música medieval de los trovadores.
Hablando con uno de ellos me enteré que existen otros grupos similares en otras ciudades, como los juglares ska y los bardos de Babilonia.
¿En qué mundo vivimos?

24 ago 2009

El espejo del baño

Bueno, momento de relativa cordura y seriedad en Zapallo Mutante, puesto que el siguiente es un texto narrativo (denominado comunmente "cuento") de mi autoría que prácticamente carece de absurdo alguno. Y, guarda, que tiene moraleja...

El espejo del baño


Ricardo se estaba afeitando cuando sonó el timbre de su departamento allá por Ayacucho al tanto. Esto era sin duda algo raro, no solo por la hora (aun no salía el sol) sino también por el hecho de que hacían ya tres años desde que él había renunciado a casi todo contacto social.
“No puede ser el sodero, es muy temprano” pensó, tratando de explicar el suceso. “Doña Zoraide viajó a Formosa y no vuelve hasta dentro de dos días” recordó por su única vecina conocida.
Unas tímidas gotas de sangre se escurrían ahora por el lavabo. En el susto por la inesperada campanada, se cortó con la gillette el mentón. “Mierda.” Tal vez como una forma de divertir su mente y alejarla de ciertos pensamientos agresivos, o quizá solo por aburrimiento, Ricardo insistía en mantener su estética y buena presencia, a pesar de su exilio. No soportaba pasar por los espejos y verse dejado. Se bañaba todos los días, a veces dos y hasta tres veces, se afeitaba una vez a la semana y los sábados por la noche vestía de gala. Había pensado en ciertas ocasiones en romper todos los espejos, pero la superstición lo disuadía. Pensó también en esconderlos, y lo hizo con la mayoría, pero no pudo encontrar manera de desprender el cristal del baño. Probó taparlo con una sábana vieja, pero al encontrarlo antiestético se dio por vencido y aceptó con resignación la tortura de tener que reflejarse cada vez que tuviera que atender sus necesidades en el cuarto de baño.
Tomó un pequeño pedazo de papel higiénico y tapó con el la herida. Algo indeciso y dubitativo se dirigió a atender la llamada en la puerta. Recorrió un pasillo e ingresó en la cocina. Sobre la mesa se hallaban las bolsas de mercaderías que había ordenado el día anterior al autoservicio chino de la esquina. “Quizás sea el cadete que se olvidó algo.” Aun no había revisado las bolsas para controlar que el pedido haya sido cumplido. “Lo dudo, no creo que estos chinos abran tan temprano, y aunque lo hicieran no tendrían la consideración de cumplir sin que yo me queje.”
Pero entonces, ¿quién podría ser?

La duda ahora se había convertido en temor. ¿Lo habrían encontrado esos parientes latosos que buscaban enterrarlo y quedarse con su fortuna? O tal vez... no, imposible.
Ricardo fue alguna vez un empresario importante en el floreciente rubro de la construcción. Con un pequeño dinero que había logrado juntar en su juventud montó una empresa constructora con un colega ingeniero llamado Beto Cabrera. El se encargaba de la parte administrativa y Beto ponía la firma. Todo parecía marchar en orden, y con el tiempo lograron cierto prestigio que les consiguió un contrato con el gobierno de la provincia para la concesión de unas obras que les dejarían una jugosa suma. Pero la vida le da a uno sorpresas y fue así que cierta noche, Ricardo olvidó unos papeles importantes en su oficina que lo obligaron a volver a la misma, armado con su viejo revolver por precaución. Y el destino quiso que su prudencia dispare en la oscuridad a su colega, confundiéndolo con un maleante.
“¿Será algún peatón confundido?” se preguntaba ahora, en un intento desesperado de autoconvencerse de que todo estaba bien, que era imposible que lo hayan descubierto. Tras la “misteriosa” muerte del ingeniero Cabrera, Ricardo logró burlar las hipótesis de los detectives con ingeniosas coartadas, al menos por un tiempo. “Después de todo, fue solo un accidente” pensaba, pero sabía que no tardarían en descubrir la verdad.
Tres años ya habían pasado desde que decidió esconderse en su modesto pero cómodo departamento en Ayacucho al tanto. Su esposa hacía tiempo no vivía con el, pero Ricardo mensualmente le pasaba un dinero, puesto que sus hijos vivían con ella.
Casandra, la menor, había cumplido la semana anterior los nueve años. Él le envió por medio de su hijo mayor, Camilo, una muñeca de esas que dicen “mamá”. Hacían más de dos años desde la última vez que la vio. La extrañaba mucho, y sentía no poder verla, pero creía hacer lo correcto. Camilo pisaba los veinte. Él era el único que conocía el paradero de su padre. Solía visitarlo seguido, manteniendo una relación de estrecha amistad y confianza. Los pocos negocios (bastante discretos) que manejaba aun Ricardo los llevaba a cabo Camilo, a modo de representante, o una suerte de emisario.
Una vieja fotografía de su hijo le recordó entonces la posibilidad de que sea el entonces el misterioso visitante. Esto lo tranquilizó lo suficiente como para continuar su aventura hacia la puerta. Ya solo restaban menos de diez pasos. “¿Y si son mis últimos diez pasos?” recapacitó. Era mucha presión. La duda lo asaltaba en cuotas breves pero dolorosas. Aun cabía la posibilidad de que sean los familiares de Beto, quienes, recordaba, habían jurado encontrar al asesino de su padre.
“Pobre Beto” pensó Ricardo entre sollozos, de rodillas frente al inerte cuerpo sin vida de su colega. “Pobre de mí también, tonto, tonto, tonto Ricardo. Debería de amputarme el maldito dedo que jaló el gatillo.” Un hombre tan noble y bueno, tanta gente lo extrañará. Pero no dejaba de ser solo un accidente. El tenía una vida que llevar, y no podía mancillar el apellido. ¿Qué pensarían sus hijos? Definitivamente no podía permitir que eso saliera a la luz. Debía esconder toda evidencia que pueda llegar a incriminarlo. Casi automáticamente procedió a desbaratar toda la oficina como para que pareciera un robo. Tomo algunos papeles y objetos de valor y los llevó consigo. Incluso profanó el cadáver de su colega, golpeándolo y magullándolo para dar una idea de forcejeo. Si todo iba bien, lograría esquivar la justicia el tiempo suficiente como para planear su nueva movida.


Y ahí estaba ahora Ricardo, de pie frente a la puerta. Notó que sus piernas comenzaron a temblar. Miró por el agujero de la puerta: Nada. “¿Quién es?” preguntó. Nada.
Si había de encontrarse con algo inesperado, mejor que sea rápido. Pensó que los golpes de desgracia que nos acosan son más soportables si se los recibe sin preámbulo. Como un caballero que se enfrenta a un dragón escupe fuego, abrió la puerta de un solo golpe. Con sorpresa y desconcierto observó perplejo el pórtico vacío. No había nadie.
No pudo más que reír. Su temor y paranoia lo habían enloquecido a tal punto de sospechar de una inocente, y quizás molesta, broma nocturna. Ricardo había sido víctima de algún adolescente ebrio jugando al “ring-raje.”
Cerró la puerta tras de sí y volvió al baño. Ahí estaba otra vez el espejo, mostrándole su rostro a medio afeitar, como recordándole sus descuidos, presionando viejas llagas ya encarnadas en su memoria. Pensó Ricardo en las naderías que lo atormentaba. Pensó que quizás el hombre se preocupa por cosas pequeñas porque le resulta más fácil que hacerlo por las verdaderas complicaciones.
Se tomó su tiempo para terminar de rasurarse el rostro y luego buscó en el botiquín unas píldoras relajantes. Con un vaso de agua ayudo a pasar un comprimido y luego se sentó a hojear un álbum de fotos familiares. Pocos minutos después llamó a un taxi, que tras un comprensible retraso, hacía sonar la bocina en la calle.

21 ago 2009

La fatality de Scorpion



Uno de los días más felices de mi vida fue el día que descubrí la Fatality de Scorpion. Fue impactante: como terminar la vida de un ser humano de una forma más "artística" digamos es algo que realmente produce gran satisfacción a cualquier ser humano, sea cual sea su origen étnico o dojo ninja.

Básicamente, Scorpion se sacaba el poncho y arrojaba fuego por su calavérica boca a su enemigo, tal como se puede apreciar en el siguiente video:




Esto me llevó a reflexionar sobre diversos temas profundos sobre la fragilidad mental del homo sapiens ante los exesos de sangre y restos vicerales. ¿Acaso no era necesario con solo ganarle a mi contrincante, o necesitaba ver más sangre y muerte? ¿qué me movió a la proesa de tener que descubrir una clave secreta y teclearla en tiempo y forma, con el solo fin de matarlo "más muerto" al pobre combatiente enemigo que se tambalea en la otra esquina?

El hombre busca sangre. Es muy loco. Con ese criterio, que facil sería ser médico.


FELIZ DÍA DE LA ENFERMERA BAHASA